Letras

Placer de Madera


No era tu cuerpo un diluvio de estrellas, ni carne que inspira a poetas. Era tu cuerpo tan solo madera, al que tal vez un leñador, sin cincel, y con un hacha, hizo con formas sensuales en roble o acaso sea pino.

Son tus ojos dos aceitunas de inocente mirar muy sesgado. Y tus labios, abiertos apenas, revelan tu gran timidez.

Tu hombro aún me mostraba el rocío que cayó en la mañana.

Y tus pechos pequeños me hablaban a gritos que tu vientre no sabía aún, lo que es la preñez.

Tus nalgas eran dos troncos redondos y enormes que atizaron mi incipiente lujuria.

Una cascada de prohibidos deseos despertó a la larva que reside adentro del cráneo, y siendo yo carpintero gocé sin piedad la redondez tu fresca madera hasta que lágrimas hechas de pura resina empaparon tus ojos.

Si el crujir de maderas fueron tus gritos de angustia y piedad, nunca lo supe.

Una savia exquisita fue el bálsamo que untó mi puntal mientras miles de astillas fueron mudos testigos y restos de un placer de madera.

Te regalé una rosa del bosque y la puse en tu mano; mientras la admirabas con ojos llorosos sus espinas te recordaron el dolor que sufriste.



Fantasías


Con tus ojos cerrados, contemplabas un mundo de erotismo y placer refinado, hasta que mis caricias y ardientes palabras ensuciaron esa visión. Mientras la tenue luz de unas velas, de manera indiscreta alumbraba tus formas sensuales y tus carnes de hembra quemándose en ganas, un titánico impulso dirigió mis manos y labios y éstos hicieron prodigios en una piel que incineró tu pudor.

Mi boca probó lo prohibido, y zumos de increíbles sabores que solo producen lascivias candentes fueron licores que encendieron el hambre de un lobo. Desde entonces, musa de lo bueno y lo bello, eres la presa, y quedaste atrapada en la más negra cárcel de excesos y perversiones que no se pueden contar.

Ahora tus sueños son corrupción. Sueños de machos a los que tu impureza dota de virilidades monstruosas. Son machos que aplastan tu figura exquisita. Son brazos que son pinzas, y te ahogan de abrazos, y manos que se estampan en tu rostro de niña. Labios que muerden los tuyos, y erecciones que penetran cada rincón en donde hay humedad. Tus labios otrora aberturas destinadas a rezos, son ahora instrumentos que arrancan gemidos y así pruebas el néctar de vida; néctar forjado en partes viriles.

Tus ardores de niña encuentran alivio en velas que te arrancan gemidos.

Esponsales de Muerte


Disculpo a los dedos y bocas que condenarán duramente estas letras.

Los sueños te entregan secretos que al vulgo le es imposible entender.

¡Ay, vida que fuiste mi vida! Tus labios y besos fueron hechizos y hoy son pálidas carnes a los que yo hurto con suavidad y pureza, besos retando al reino de muerte.

Dos esmeraldas brillantes formaban tus ojos que aún cerrados miran mi rostro destellando de amor.

Mis caricias son rosas de violeta color, cargadas de espinas, que una y otra vez me hicieron recordar ayeres de augustos placeres.

Así, con un amor que no conoce de tiempos, ni de vida o de muerte, estuvimos unidos haciendo de la muerte y la vida un elixir tan raro que conocen muy pocos.

El poder que genera a lo vivo y se libera en espasmos me hundió en un abismo de extraordinario placer y allí se consumó el sacrificio.

Luego maldije el momento en que los dioses en sueños me entregaron aquel supuesto secreto de vida, pues tu corazón no latió.

Eros y Tánatos fueron chispas que tocaron mi mente y supe mensajes extraños, aquellos que no dejan que lo puro sea destronado por bajos instintos y que el trabajo de años sea olvidado en rincones.

Y el milagro ocurrió. Tus pupilas de hielo me volvieron a ver, y rodeaste mi cuello con el frío de tus brazos, y tus labios posaste en los míos, y un hálito tibio impropio de tu blanca mortaja se perdió en la calidez de mi aliento. El último esfuerzo fue solo un suspiro que se llevó de nuevo tu vida y trajo un mensaje, una esperanza para nunca perderte: “Te espero en mis sueños”.

Fueron sueños muy raros, sueños de vida y sueños de muerte. Sueños en que seres de rara belleza y atuendos más raros aún, tocaban instrumentos que ejecutaban melodías de extraños sonidos. Mientras yo estaba vestido con negro, tú me esperabas con el blanco de novia. Manos toscas mostrando sortijas de oro y piedras preciosas, y labios que nunca pude mirar, dijeron palabras que unieron tu destino y el mío en un reino increíble. Fuimos declarados «marido y mujer», siendo «soñadores de vida y de muerte» y las últimas palabras que eran ecos que pronunciaba Caronte fueron: «Hasta que la vida los separe».

Eros susurró suavemente en mi oído: Solo uno, entre multitud de mortales hace de amor estos milagros.

Antes de abandonar el claro jardín de mis sueños, Tánatos, riendo, con suave risa de muerte me dijo: Reviviste hazañas perdidas, pues despertaste a tu amada, no con un simple beso, que solo es alegoría de mortales que esconden la verdad en sus cuentos, sino con una ola de vida y de muerte, la naturaleza muy simple de Orgasmo.

Desde entonces, en el día camino entre vivos, y en la noche, al amparo de Diosas que titilan en cielos oscuros, voy a mi verdadera morada, en donde me espera ansiosa mi amante, mi reina de vida y de muerte, mi esposa, que me recibe ansiosa de placeres y amores, los que solo son para mí.